Me voy de Venezuela. Y eso.

Bueno, al fin me he animado a hacer el post, porque realmente quería explicar cómo se fue dando la cosa. Últimamente estoy experimentando días malos con mi dibujo (meh, varían entre buenos y malos) y me estoy obligando a dibujar para no sentirme como un fracaso monumental. He tenido la costumbre de compararme y me tengo que cachetear a ver si se me pasa la tontería, y no he querido prestar atención a la situación que actualmente tengo en mi plato.

En fin, tengo un peso enorme sobre los hombros. Tengo el strugge con mi arte, en el que estoy intentando salir de mi zona de confort, en el que estoy probando cosas nuevas, y okay, a veces no resultan tan buenas, pero allí más o menos lo llevo. Eso me ha costado uno que otro episodio de ansiedad y trasnocho que no contribuyen a mi salud. Estoy cansándome con facilidad y he descuidado mis horarios de comidas…un desastre. Que estoy hecha un desastre, pues. A veces no tengo la motivación para agarrar un lápiz porque todo lo que sale es fatal y bueno.

Por el otro lado, me voy de Venezuela el 30 de junio. Eso es ya. Así que tengo que ir pensando en qué me voy a llevar porque la mitad lo tengo que dejar aquí. Me mudo a Estados Unidos, a Houston en específico. Y he tenido que lidiar con uno que otro iluminado de turno que viene a tocarme la moral con las envidias y malas vibras. Con lo estresada que estoy ya. Hace unas noches tuve mi primer breakdown. La primera lloradita, pues. No tolero el típico comentario ”Ya no estarás en Venezuela. Quítate ese chip” ¿Perdón? ¿Perdón? No. Yo aquí eché raíces como ilustradora, me formé como artista y como persona. Aprendí por las malas a base de palos, tuve que lidiar con despedidas dolorosas. Conocí a personas increíbles con las que no he dejado de tratar, ni lo haré, vaya. No esperarás que deje de ser quien soy, y lo que fui solo porque estoy emigrando, ¿verdad?

Para ponérselos fácil: estoy aterrada. Irse no es para echar cohetes tampoco, pero yo ya no soy feliz aquí. Me siento tan limitada como encerrada. Así que va siendo hora de dar el salto al vacío. Realmente las condiciones ya no se prestan para que yo pueda vivir decentemente. Estoy emocionada y tengo muchas ganas de irme. Pero estoy muy muy nerviosa. Es lo normal. Irme supone dejar atrás la vida que he conocido para pisar territorio americano y tratar con otro tipo de personas. Dejar atrás a mi familia y amigos. Aunque aquí yo sé que voy bien curtida porque los  amigos que tengo los puedo contar con la mano y me sobrarían dedos, estoy bien así no esté físicamente presente. Irme supone empezar totalmente de cero en un país con unas costumbres diferentes y una cultura que no es la mía, con una idioma que tampoco es mi lengua materna. ¿Da miedo? Sí. Estoy dando saltitos y preocupándome por el giro inesperado de timón que mi barco dio. Y no es para menos. Por ahora no estoy pensando en Disney. Si no en concentrarme en pulir mi trabajo y siento que voy contra el reloj mismo. Si me quedo en Venezuela, hay muchísimas cosas que se van a quedar en sueños y es algo que nunca me voy a perdonar. No haberlo intentado, al menos, sería muy frustrante para una cabezota necia como yo. Me dieron el consejo de que, está bien saber cuál es mi norte, pero no por ello debo dejar pasar lo que tengo bajo las narices. Y esta oportunidad, a lo mejor me pone en el camino correcto. Who knows. Tuve que pasar por el infierno para estar en donde estoy. Mi mamá me decía que siempre hay más de una muerte. Y varias de ellas suceden cuando estás con vida porque hay cosas que siempre van a producirte dolor como el primer día. No es bonito. El temor a arruinarlo todo es igual al de querer que llegue junio ya. Pero sé que me hará bien el cambio de aires. Un país extranjero en el cual aprenderé a gatear y caminar de nuevo. No hay nada más liberador que eso.

Ahora, para todo aquél que esté dispuesto a saber: conseguí una visa de residente. Conseguí la green card, es decir, como la cédula de identidad allá. Lo que te convierte en residente. Es una ventaja porque, a diferencia de mucha gente, no estaré ilegal y podré trabajar libremente. Apliqué en el programa de lotería de visas: DV Lottery en el 2013. Y este año me enteré que quedé seleccionada, viajé a Caracas a la Embajada Americana, tuve una entrevista con un señor de allá, me tomaron las huellas, me hicieron jurar ante la bandera de Estados Unidos y la constitución, y me dieron mi visa. Listo. Antes de  Septiembre del 2015 tenía que entrar a Estados Unidos, y mi papá consiguió pasajes sin retorno para Junio. Es en serio. No es mentira. ¿Ahora me entienden lo inesperado que fue? Una lotería. Literalmente. Aunque claro, no todo fue miel sobre hojuelas. Tuve que dejar de pagar la universidad y vender muchísimas cosas para pagarlo todo. Más los dólares, señor. Que no sé cómo lo logramos. Pero lo logramos.

Ahora estoy vendiendo todo y dando explicaciones siempre. Tengo que vender mi computadora y dejar casi todo aquí, pero lo más probable es que allá tenga una computadora nueva y una tablet para poder diseñar otra vez. Llevará su tiempo, tho, porque las primeras semanas voy a estar muy corta de dinero hasta que empiece a trabajar. En unos años, será mucho más fácil llevar a cabo mis vacaciones a España y otros países que necesito visitar. También, mi mamá ya podrá visitar a sus primas en Italia. Un sinfín de posibilidades, creo.

En fin, que son muchas cosas y ya no quiero hablar de ello. Hasta que llegue el día. Todavía me queda un tiempo aquí y no quiero pasarlo estresada.

Mi consejo e intención con este post, no es alardear. Es dar mi punto de vista porque mi familia ha atravesado por mucho y nunca hemos sido de tener mucho dinero. En el 2011, mi papá se quedó sin trabajo. Yo estaba por graduarme de bachiller y dio la vida para que mis hermanas y yo pudiésemos vivir bien. Mi mamá hizo todo lo inhumanamente posible para que nos fuéramos. He estado del otro lado del muro. Del bueno y del malo. Así que, si en este momento tú o tu familia atraviesan algo similar queriéndose ir del país, déjame decirte que: se puede. Las cosas mejoran y de alguna u otra forma, las oportunidades llegan cuando tienen que llegar. Uno se despide siempre a tiempo y deja ir y se baja en la siguiente parada porque la tuya no es la misma que la de la persona que llevas al lado. Y está bien. Me voy para un día poder volver a Venezuela. Para tener un sitio familiar al cual volver. Si me quedo, es probable que no la vuelva a ver nunca.

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